La configuración de la terminología científica y técnica ha sido un proceso gradual y complejo que se ha desarrollado a lo largo del tiempo. En ocasiones, este recorrido se ha apoyado en estructuras con cierto grado de artificialidad, orientadas hacia el ideal de una representación especular y controlada de una estructura ontológica1; en otras, se ha nutrido de formas heredadas, cuya explicación reside en la evolución histórica de las palabras. Se trata de un trayecto que, a veces, persigue pretensiones de universalidad, y en otras ocasiones se mueve entre las virtudes y los riesgos de la metáfora. En cualquier caso, ha sido un camino intrincado, lleno de vericuetos, que ha resultado fundamental por su contribución a la lengua actual.
Pero la lengua de la ciencia y de la técnica, o las voces de artes y oficios, o facultativas, como se las llamaba, siempre han tenido un encaje complejo en la concepción de lo que era la lengua, con lo que ha sido una constante el intento de controlar la incorporación de este tipo de voces, algo que ha ocurrido en todas las épocas, mucho antes de que la terminología se configurara como disciplina.
Durante la Edad Media, el latín mantuvo su condición de lengua culta de la administración y la ciencia en la Europa occidental, en un contexto donde la traducción desempeñó un papel fundamental como motor de transferencia intelectual y como mecanismo de renovación lingüística. La continuidad del latín como lengua de saber y su posición como «lingua franca» académica explican que la formación de léxicos especializados —filosóficos, médicos, astronómicos o jurídicos— se articulara en latín; este dominio condicionó también la evolución de los romances, que empezaron a recibir progresivamente vocabulario técnico a través de procesos de traducción y glosa. En la península ibérica, esta dinámica alcanzó una intensidad singular gracias al amplio movimiento de traducción greco-arábiga vinculado a la llamada Escuela de Traductores de Toledo, entendida hoy por la historiografía como una red multicultural de eruditos activos entre los siglos XII Y XIII, más que como una institución formal. Este conjunto de prácticas —basado en colaboraciones entre hebreos, musulmanes y cristianos—permitió que tratados de astronomía, matemáticas, filosofía y medicina, conservados y comentados en árabe, fueran vertidos al latín y, en ocasiones, al romance, generando así un flujo terminológico que transformó la cultura escrita europea2.
De esta red destaca la figura de Gerardo de Cremona, cuya obra traductora constituye uno de los pilares de la ciencia medieval. Su vasto corpus de traducciones —que abarca desde Ptolomeo y Euclides hasta Galeno, Hipócrates y Avicena— representa un auténtico avance en la fijación y difusión de terminología especializada y confirma su posición central en la canonización de textos científicos medievales. Entre sus aportaciones, la traducción latina del Canon de Medicina de Avicena —núcleo doctrinal y terminológico para la medicina medieval— desempeñó un papel decisivo en la consolidación de la nomenclatura anatómica que se enseñará durante siglos, y sirvió de base para otros autores3.
En el siglo XIII, el programa cultural de Alfonso X supuso un giro decisivo hacia la vernacularización del saber. Promovió la traducción y redacción de tratados científicos directamente en romance castellano, con el objetivo de dotar a la lengua de capacidad para vehicular conocimientos especializados. Esta voluntad se aprecia en obras como el Libro de las figuras de las estrellas fixas y el Lapidario, cuya transmisión manuscrita demuestra la continuidad y circulación posterior de la prosa científica alfonsí4. El romance se nutre así de un léxico técnico adquirido mediante transliteraciones, calcos semánticos, glosas definitorias y préstamos puntuales, lo que constituye un antecedente directo de la normalización terminológica que, desde la Ilustración, desarrollarán académicos y lexicógrafos.
Junto a este movimiento cortesano y científico, la documentación municipal, gremial y notarial bajomedieval desempeñó también un papel decisivo en la fijación del vocabulario técnico. Las ordenanzas municipales y de oficios, conservadas en numerosos archivos y estudiadas por la historiografía jurídica, registran denominaciones de profesiones, herramientas y procesos que configuraron un auténtico repertorio técnico en lengua vernácula. Estos textos, cuya génesis puede rastrearse desde el siglo XIII, contribuyeron a estandarizar usos terminológicos en ámbitos como la carpintería, la metalurgia, la construcción o la manufactura textil. Paralelamente, el análisis documental de los gremios medievales demuestra que estos cuerpos profesionales generaron estructuras organizativas5, normativas y léxicas que influyeron en la transmisión del conocimiento técnico y en la consolidación de un léxico artesanal suficientemente estable para circular en documentación judicial y notarial.
El desarrollo del castellano como lengua de ciencia se produce a partir de finales del siglo XV, cuando consolida su posición como lengua de prestigio político, administrativo y cultural, lo que favoreció la producción de textos técnicos en ámbitos estratégicos para la monarquía. Esta expansión de usos especializados se inscribe en un proceso más amplio de vernacularización del saber, impulsado por la imprenta, por la ampliación social de la alfabetización técnica y por las necesidades militares, náuticas y económicas de un imperio global. La historiografía lingüística y de la ciencia ha subrayado que, desde mediados del siglo XVI, comenzaron a proliferar tratados en castellano destinados a profesionales no versados en latín, siguiendo la tendencia europea que reclamaba lenguas vernáculas aptas para la comunicación científica y técnica6.
Uno de los campos pioneros en esta normalización terminológica fue la navegación, estrechamente vinculada a la Casa de la Contratación y a la actividad expansiva del imperio. El Arte de navegar, de Pedro de Medina (1545)7, considerado como el primer tratado europeo enteramente dedicado a esta disciplina, sirvió para fijar la terminología y se convirtió en manual de referencia tanto en España como en otros países europeos8. Unos años más tarde, el Compendio del arte de navegar, de Rodrigo Zamorano (1591), desempeñó una función capital en la sistematización del vocabulario especializado de la navegación. Y lo mismo se podría decir de obras del ámbito militar, como el Perfecto capitán, de Diego de Álava y Viamont (1590) o del ámbito de la minería, con el Arte de los metales de Álvaro Alonso Barba (1640)9, por señalar solo algunas de las obras más destacadas, que se pueden ver complementadas con el DICTER – Diccionario de la Ciencia y de la Técnica del Renacimiento10.
Pese a este notable crecimiento de los repertorios técnicos en castellano, el latín siguió dominando como lengua de la ciencia universitaria hasta entrado el siglo XVIII11. No obstante, el proceso de vernacularización avanzó de manera constante, impulsado por traductores, impresores, técnicos y cosmógrafos que concebían el castellano como lengua eficaz para expresar conocimientos especializados.
La Ilustración reforzó esta tendencia y, en este contexto, la Real Academia Española, fundada en 1713, asumió la normalización del español escrito. En el prólogo del Diccionario de autoridades, anunció que «de las voces próprias pertenecientes à Artes liberales y mechánicas ha discurrido la Académia hacer un Diccionario separado, quando este se haya concluído». Este diccionario nunca se hizo, aunque parte de esa laguna fue resuelta por Esteban de Terreros y Pando mediante su Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes (1786-1793), germen de la tradición terminográfica moderna12.
Durante los siglos XVIII Y XIX, la traducción de obras científicas supuso un aspecto decisivo en la configuración del lenguaje especializado en español, en un momento de profunda transformación del conocimiento científico europeo y en el que el poderío español comenzaba a declinar. La necesidad de adaptar al castellano la terminología de disciplinas emergentes —química, física, medicina, ingeniería— promovió una intensa actividad traductora y lexicográfica. Uno de los hitos más significativos fue la recepción de la nomenclatura química de Lavoisier, que penetró en España mediante traducciones tempranas, entre ellas la realizada por Pedro Gutiérrez Bueno en 1788 del Méthode de Nomenclature Chimique, aparecida apenas un año después de la edición francesa13.
A la vez que la traducción alimentaba el caudal de tecnicismos, la Real Academia Española continuó desempeñando un papel central en la normalización del lenguaje especializado a lo largo del siglo XIX. Aunque hacia la mitad del siglo hubo una serie de diccionarios que reprochaban al repertorio académico su parquedad en la inclusión de nuevas voces de la ciencia y de la técnica, como los de Vicente Salvá (1847)14 o Ramón Joaquín Domínguez (1846-47)15, lo cierto es que la 12.ª edición del Diccionario de la lengua castellana (1884) enmendó parcialmente ese problema, incorporando un número notable de voces científicas y técnicas, con la colaboración explícita de la Real Academia de Medicina, reflejo de la voluntad institucional de actualizar el léxico en campos como la medicina, la química o la ingeniería16. Los estudios realizados sobre las ediciones decimonónicas del diccionario académico muestran que estas obras introdujeron mejoras sustanciales17, especialmente la edición de 1899, que marcó un hito en la modernización lexicográfica académica18.
El desarrollo de la ciencia y la tecnología durante el siglo XIX impulsó igualmente la aparición de diccionarios especializados, destinados a atender las necesidades de oficios e industrias en plena transformación. Entre los repertorios más destacados figuran el Diccionario de arquitectura civil (1802) de Benito Bails, el Vocabulario descriptivo de ferrocarriles (1863) de Mariano Matallana, y el Diccionario general de arquitectura e ingeniería (1877) de Pelayo Clairac19. También son una buena muestra de ello los diccionarios de medicina reunidos en el TeLeMe20. Estos repertorios forman parte del proceso hacia un léxico científico y técnico moderno, asociado a la industrialización de los oficios y a la ampliación del conocimiento científico y práctico.
A finales del siglo XIX surgieron iniciativas institucionales destinadas a fortalecer y unificar el lenguaje especializado en español. El Congreso Literario Hispano-Americano de 1892, celebrado en Madrid, incluyó entre sus objetivos la armonización de la terminología científica y técnica para el conjunto del mundo hispanohablante21. Paralelamente, entre 1887 y 1910, la editorial Montaner y Simón publicó el monumental Diccionario enciclopédico hispano-americano de literatura, ciencias y artes, obra de referencia que contribuyó significativamente a la estandarización del léxico especializado y que ejerció una influencia directa en la cultura científica hispánica22. Estas iniciativas deben entenderse en el contexto de un siglo en el que la ciencia española, aunque dependiente de modelos europeos, experimentó un proceso sostenido de ampliación de su vocabulario técnico, como demuestran estudios recientes sobre la relación entre ciencia, técnica y diccionario en la segunda mitad del siglo XIX23.
Los primeros decenios del siglo XX fueron especialmente intensos en relación con la neología técnica. Por un lado, la Real Academia incorporó entre sus miembros a filólogos y científicos como Menéndez Pidal, Alemany y Bolufer, Casares, García de Diego, Rodríguez Carracido, Cortázar, Torres Quevedo o Ramón y Cajal. Esta renovación supuso un vuelco al diccionario académico, especialmente en la 15.ª edición de 1925, en la que entran numerosas voces de la ciencia y de la técnica24. Por otro lado, hubo un proyecto importante que cristalizó en la puesta en marcha del Diccionario Tecnológico Hispano-Americano. La iniciativa surgió de Leonardo Torres Quevedo, quien en el Congreso Científico Internacional Americano de Buenos Aires (1910) propuso la constitución de la Unión Internacional Hispanoamericana de Bibliografía y Tecnología Científicas, un organismo destinado a sistematizar el tecnicismo científico en español. Tras su ingreso en la RAE en 1920, el proyecto cobró nuevo impulso y se creó la Junta Nacional de Bibliografía y Tecnología Científicas, encargada de catalogar obras, promover una biblioteca científica y redactar el futuro diccionario. La Junta Internacional se constituyó en 1922 bajo la presidencia de Torres Quevedo y reunió representantes de academias y delegaciones americanas. El verdadero director de los trabajos fue Pelayo Vizuete, experimentado lexicógrafo. El primer cuaderno de 1926 muestra que la obra se presentó como un proyecto panhispánico avant la lettre, pese a que solo Vizuete y Torres Quevedo participaron realmente en su preparación. El proyecto no prosperó y se interrumpió en 1931, en la palabra arquibuteo. Los factores de este fracaso fueron múltiples25, pero el principal fue su irreal y ambicioso planteamiento26.
Por otro lado, la normalización industrial del siglo XX exigió unificar terminologías, pues la diversidad de unidades y denominaciones dificultaba el comercio y el progreso técnico. Organismos como la IEC (International Electrotechnical Commission) (1906) o la ISA (International Federation of the Standardizing Associations) (1926) impulsaron las primeras comisiones terminológicas. La obra de Wüster27 consolidó estos principios, luego adoptados por la ISO (International Organisation for Standardization), que creó un comité para cuestiones terminológicas en 1952. Aunque España se incorporó tarde, estas mismas preocupaciones ya estaban presentes en la labor técnica de Esteban Terradas (1883-1950). Su figura ha sido estudiada por los historiadores de la ciencia28. En relación con la lengua, destaca especialmente su discurso de ingreso en la Real Academia Española, que llevaba el título de Neologismos, arcaísmos y sinónimos en plática de ingenieros. Se trataba de un discurso extenso de 298 páginas en las que se documentan y discuten alrededor de 4000 tecnicismos de las ciencias y las técnicas de ese momento29. Pero, para este propósito, hay que prestar atención al «Plan de trabajo y colaboración», de apenas cinco páginas, en el que Terradas plantea las líneas maestras para orientar la creación, revisión y consolidación del vocabulario técnico en lengua española. Aunque ha sido muy bien valorado como antecedente de los trabajos terminológicos modernos, su puesta en práctica era irrealizable, porque requería una compleja cooperación internacional entre revistas, asociaciones, universidades y academias, y un nivel de coordinación ilusorio para la época. Además, presuponía una disciplina terminológica imposible de imponer, pues la ciencia evoluciona por el uso técnico real y no por decisiones centralizadas. El modelo combinaba criterios contradictorios —el uso fijaría el vocabulario, pero debía acatar normas— y respondía a una concepción filológica ya desfasada frente a la creciente influencia industrial e internacional. Finalmente, demandaba recursos y estructuras permanentes que el proyecto nunca llegó a prever30.
La idea compartida de la unidad del español se materializa en el I Congreso de Academias de la Lengua Española, celebrado en México en 1951 y al que, por razones políticas, no asistió la Real Academia Española. Pero a partir del siguiente, celebrado en Madrid en 1956, se repite la idea de impulsar la lengua común y combatir el riesgo de fragmentación del español a través del control de la terminología científica y técnica. En los sucesivos congresos se hacen reiterados llamamientos con este objetivo y se crea una «comisión de urgencia» a propuesta de Dámaso Alonso, pero no se llega a reunir nunca31.
La escasa intervención terminológica del período se explica en parte por el vacío intelectual generado por la guerra civil y la posguerra, que produjo un silencio casi general entre quienes podían impulsar la planificación lingüística. La estrecha vinculación entre intervención sobre la lengua y posicionamiento político hacía poco aconsejable abordar públicamente cuestiones terminológicas en un contexto dominado por la exaltación oficial de la lengua única. Con el progresivo ingreso de España en las instituciones internacionales se abrieron, no obstante, nuevas vías. A mediados de diciembre de 1955 se produce el ingreso en la ONU. Pero antes, el 5 de mayo de 1954, se había firmado en Madrid el convenio para la constitución de la Unión Latina, una organización supranacional de países con lenguas romances, que desempeñará un papel muy importante con su apoyo a las redes de cooperación en torno a la terminología de las lenguas neolatinas. La aparición progresiva de distintas voces que defendían la necesidad de atender la terminología científica es una muestra más de esas nuevas actitudes, que se manifestarán también en el Diccionario de la lengua española, que empieza a renovarse en cuestión de voces de la ciencia y de la técnica, especialmente en las ediciones 18.ª (1956) y 19.ª (1970).
Entre las reflexiones públicas de la época se alternaban discursos de exaltación de la firmeza del castellano y advertencias sobre los peligros del léxico extranjero con argumentos a favor de recuperar la iniciativa en la lengua científica. Así lo defendió Samuel Gili Gaya en 1964, al proponer un «esfuerzo modesto y prolongado» coherente con las ideas de Esteban Terradas. Esta mezcla entre purismo lingüístico, reivindicación de la hispanidad y conciencia de los mecanismos reales de funcionamiento del idioma fue una constante en muchas instituciones lingüísticas a ambos lados del Atlántico. Uno de sus efectos más visibles fue la desatención a la lengua científica, a pesar de reconocerse al mismo tiempo la importancia demográfica del español. Pero, en paralelo, iban apareciendo voces favorables a proteger y desarrollar la terminología científico-técnica, en parte procedentes de los lingüistas vinculados a la Real Academia Española como Dámaso Alonso32 o Rafael Lapesa33, y en parte de la propia comunidad científica, que fue generando una conciencia creciente sobre la necesidad de intervenir para garantizar la pervivencia del español en la ciencia34.
En 1962, la Real Academia de Ciencias planteó por primera vez la organización sistemática de la terminología en coordinación con las academias hispanoamericanas y con la Real Academia Española, en sintonía con los avances teóricos de Eugen Wüster y la estandarización terminológica internacional. Este esfuerzo cristalizó en 1983 con la primera edición del Vocabulario Científico y Técnico, obra impulsada por Ángel Martín Municio, que se amplió significativamente en sus ediciones siguientes de 1990 y 1996: llegó a alcanzar alrededor de 50 000 entradas35.
Paralelamente, durante los años setenta y ochenta el CSIC abrió una línea de trabajo terminológico relevante. En 1970 inició una colaboración con el Conseil international de la langue française mediante el proyecto FITRO, que buscaba crear un fondo terminológico para las lenguas romances. Aunque dicho proyecto no produjo resultados concretos, sentó las bases para la creación de Hispanoterm, dirigido por Manuel Criado de Val, con el objetivo de constituir un centro de terminología funcional. En 1981, el CSIC comenzó sus trabajos terminológicos en el ICYT (Instituto de Ciencia y Tecnología), y en 1985 creó el grupo Termesp —posteriormente convertido en el CIN-DOC—, formado por científicos del área de Información y Documentación científica. Este grupo, dirigido por Amelia de Irazazábal, desarrolló uno de los primeros catálogos de recursos terminológicos en español y consolidó la presencia de la terminología como un área de interés científico en España.
A pesar de que, como dice Teresa Cabré36, los organismos oficiales del Estado no habían mostrado «un interés especial por una organización sistemática oficial ni de la terminología en el conjunto del Estado ni de la terminología española en lengua castellana», estos movimientos anteriores van despertando cierto interés y contribuyen a generar unas bases, con cierto grado de consolidación, sobre las que poder asumir la situación de convergencia que propicia la normalización política en España tras la finalización de la dictadura franquista. Esta situación supuso también una normalización de la política lingüística y el reconocimiento oficial, en la Constitución y en los estatutos de autonomía, de las distintas lenguas del Estado.
No es de extrañar, por tanto, que uno de los núcleos más activos del trabajo terminológico en España surgiera en 1985 en Cataluña: TERMCAT, el centro oficial de terminología catalana, bajo la tutela de la Generalitat de Cataluña y el Institut d’Estudis Catalans (IEC). Y que, un año después, naciese en el País Vasco el centro de terminología vasco EuskalTerm. En Galicia, el proceso de creación de un centro de referencia terminológico fue más lento y hasta 1997 no se constituyó TERMIGAL (Servizo de Terminoloxía Galega) gracias a un convenio entre la Real Academia Galega y el Centro Ramón Piñeiro para la Investigación en Humanidades. Estos centros terminológicos de lenguas cooficiales de España nacieron en un entorno de protección y desarrollo de sus lenguas propiciado por las políticas lingüísticas de las distintas comunidades autónomas. Todo ello ha favorecido la creación y actualización de recursos lexicográficos y terminológicos, además de la puesta en marcha de planes de normalización lingüística que permiten fijar y normalizar formas problemáticas. Es más, ha propiciado un desarrollo muy significativo de la terminología (y todo lo que esta conlleva) en cada una de esas lenguas, que no ha transcurrido en paralelo al desarrollo de la terminología en español, mucho más complicado y deficitario en múltiples aspectos.
La entrada de España en la Comunidad Económica Europea (CEE) en 1986 supuso un impulso fundamental para la estandarización de la terminología en español en el ámbito internacional. La necesidad de armonizar términos técnicos y jurídicos dentro de la Unión Europea llevó a la creación de cuerpos de traductores e intérpretes en las instituciones europeas, encargados de adaptar y desarrollar una terminología homogénea en español en campos como el derecho, la economía, la ciencia y la tecnología.
Todas estas circunstancias propiciaron la promoción del estudio y el trabajo sobre la terminología del español en los últimos quince años del s. XX y en las dos primeras décadas del s. XXI.
El desarrollo de la terminología del español en ese período debería entenderse como la confluencia de varios factores:
Pues bien, todos esos trabajos previos, esas voces que, al asumir la realidad de la ciencia y las lenguas en España y en el mundo en la última década del s. XX, son capaces de ver al mismo tiempo las suspicacias que despiertan la planificación y la normalización40, van generando un sustrato que alimentará acciones posteriores dirigidas en general a hacer ver la necesidad de cuidar el español de la ciencia y la técnica en la comunidad internacional. Va asentándose el convencimiento sobre la importancia que tiene la terminología en la comunicación especializada y, por tanto, en la transmisión del conocimiento, así como sobre la necesidad de disponer de información rápida y eficaz sobre la terminología en lengua española con una perspectiva panhispánica.
En el contexto descrito, nace en 1997 la Asociación Española de Terminología (AETER), entre cuyos objetivos se encuentran la promoción de la terminología, el fomento de la elaboración de recursos terminológicos y la difusión de aquellos ya existentes. El impulso de esta asociación española, organizadora de eventos científicos y de acciones de divulgación de la terminología, además de colaboradora constante con los organismos que trabajan en la terminología de las lenguas cooficiales, con la terminología del español en las instituciones europeas y dentro de las redes del ámbito neolatino (REALITER) e iberoamericano (RITERM), supuso un paso más con su implicación directa en una concienciación que debía dar lugar a actuaciones concretas.
También fue aumentando el interés en Hispanoamérica, y se desarrollaron importantes focos de investigación en terminología en Argentina (en el CONICET, en la Universidad de Buenos Aires y en la Universidad Nacional de General Sarmiento), en Colombia (en especial en la Universidad de Antioquia y en el Instituto Caro y Cuervo), en Chile (en la Universidad de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso), en México (en la Universidad Nacional Autónoma de México y en El Colegio de México), etc., por citar solo algunos de los núcleos más activos. Siempre se persigue la acción conjunta para proteger y desarrollar la terminología del español, pero con un enfoque pluricéntrico porque, como afirma L. F. Lara, «una ciencia o una disciplina científica no se autolegitiman en aislamiento, sino que su legitimación proviene de la importancia que puedan tener para el conocimiento, para la cultura y para la sociedad»41. De ahí que se reclame una gestión de la terminología que integre los usos de los distintos focos de generación de conocimiento en el ámbito hispanohablante. De nuevo en España, el proyecto TERMINESP, que nace en 2005 a partir de la iniciativa de AETER, pretende ser una respuesta concreta a la concienciación existente en ese momento.
Ante una necesidad objetiva de colectivos como el de los traductores, los intérpretes y otros profesionales del lenguaje de disponer de datos terminológicos de calidad, suficientemente contrastados, el proyecto se propuso afrontar la construcción de un sistema unificado, en línea, con el que poder acceder a los distintos recursos terminológicos del español. El intento de conseguir, además, que esa terminología tuviese la necesaria calidad, tanto si se trataba de una terminología ya asentada como de un conjunto de unidades novedosas dentro de una especialidad, llevó a perseguir también el establecimiento de unos criterios para adoptar nuevos términos, para crearlos o adaptarlos. En la primera fase del proyecto TERMINESP se organizó y se puso en marcha una Comisión Lingüística para la Terminología del Español (COLTE), cuyo objetivo era fijar unos criterios lingüísticos para la terminología neológica del español, basados en la tradición lingüística hispana, al mismo tiempo que en los desarrollos que se habían producido en el campo de la normalización terminológica en otras lenguas en los últimos cincuenta años. La vocación integradora de un proyecto que aspiraba a ser nacional y panhispánico se puso de manifiesto con el intento de implicar a distintas instituciones para poder organizar la terminología del español en España en una primera fase y, en una segunda, articular su organización con la de las lenguas cooficiales del Estado al tiempo que se impulsaba la colaboración con los distintos países hispanohablantes.
Tras las interrupciones sucesivas que fue sufriendo el proyecto TERMINESP por distintas circunstancias42, el convencimiento sobre el valor y la necesidad de un proyecto como ese llevó a distintos actores del proceso a no cejar en un empeño que en algún momento tenía que dar sus frutos43. Varias personas e instituciones que habían estado trabajando para sacar adelante el proyecto desde sus inicios (AETER con sus distintos presidentes, la Dirección General de Traducción (DGT) de la UE, el Instituto Cervantes y el CSIC), y que llevaban un tiempo intentando reavivarlo, formaron un consorcio para la redacción de un nuevo proyecto con el que poder responder a los retos que se estaban planteando en los últimos años. Entre esos retos figuraba el dar una respuesta a las voces que, desde procedencias diversas y con perspectivas muy distintas, abogaban una vez más por trabajar sobre el español de la ciencia; también por «fomentar la creación y el desarrollo de una plataforma para el acceso unificado, centralizado y abierto a la terminología del español»44. Las circunstancias fueron propicias al plantearse una posibilidad sólida de poder obtener financiación europea y española para hacerlo realidad. Este impulso renovado proporcionó las fuerzas necesarias para dar forma a un nuevo proyecto, deudor del anterior, en el que los parámetros de actualización resultaron fundamentales. La incorporación de dos nuevos socios tecnológicos (Ontology Engineering Group —OEG— y Banco Nacional de Supercomputación —BSC—) proporcionó los elementos que faltaban para acabar de diseñarlo desde una nueva perspectiva en la que sería fundamental la interrelación entre los expertos y los desarrollos informáticos de última generación.
El nuevo proyecto, denominado TeresIA (Terminología del español e inteligencia artificial, con alusión implícita a quien estuvo en la génesis del primer proyecto, Teresa Cabré), asumió los presupuestos del proyecto anterior al tiempo que se propuso incorporar los avances propiciados por las últimas investigaciones y desarrollos informáticos. Dentro de este, el protocolo de validación y sanción de TeresIA gestionó la parte más lingüística del proyecto con el intento de responder a la actuación sobre la terminología neológica del español y de actuar como filtro por el que discurriesen los términos nuevos desde su detección mediante técnicas de IA hasta su difusión hacia el metabuscador de TeresIA y hacia distintas comunidades lingüísticas más o menos especializadas. En ese camino, los neologismos terminológicos pasan, por un lado, por un proceso de validación por expertos del área a la que pertenecen y, por otro, de sanción por parte de terminólogos-lingüistas con el fin de evaluar su vertiente lingüística y comunicativa. El doble aval de la validación y la sanción supone un indicador sobre la calidad de los términos nuevos atendiendo fundamentalmente al grado de operatividad de estos en la comunicación especializada.
En todo ese camino de reflexión para articular, desde el punto de vista teórico y práctico, el protocolo de validación y sanción (con el propio protocolo y con la aplicación TermonIA, respectivamente) se han dado una serie de constantes que tienen que ver en gran parte con las ideas recibidas tras el estudio de las diversas actuaciones sobre las terminologías de otras lenguas, donde la perspectiva normalizadora en un sentido amplio ha estado presente45. La larga experiencia a este respecto de los centros de las tres lenguas cooficiales de España (TERMCAT, UZEI-EuskalTerm y TERMIGAL) ha sido decisiva, así como las iniciativas más importantes del ámbito francófono, como las de la Délégation générale à la langue française et aux langues de France o las del Office québécois de la langue française46; su larga trayectoria en la incentivación del uso y la protección de la calidad del francés, una lengua plurinacional que hay que potenciar para reafirmar su uso en todas las situaciones comunicativas generales y especializadas, nacionales o internacionales, ha constituido un referente imprescindible para este protocolo.
Algunas de las líneas fundamentales que han guiado el planteamiento y el desarrollo del protocolo de validación y sanción dentro del proyecto TeresIA han sido las siguientes:
Hemos intentado trazar un recorrido, necesariamente simplificador, por la historia de la lengua especializada, con sus diversos intentos por ordenar la llegada de tecnicismos a la lengua española. El desarrollo del pensamiento lingüístico acerca de la terminología explica la sensibilidad actual hacia la normalización del lenguaje científico, así como la pertinencia de emplear herramientas contemporáneas, incluidas las basadas en inteligencia artificial, para organizar y armonizar la terminología especializada en español.
En 1996, Amelia de Irazazábal, como conclusión a su artículo sobre la necesidad de la planificación de la terminología en España, hacía una serie de propuestas de distinto calado, todas ellas muy interesantes: revitalización de la lengua con neologismos y préstamos bien formados y adaptados, creación de unas «comisiones de neologización dentro de las distintas áreas del saber» formadas por documentalistas, especialistas en los distintos ámbitos y filólogos, etc. Y acababa con las siguientes palabras: «Imagino que esta propuesta quedará solamente como un sueño deseable que, como tantos otros relacionados con la terminología en lengua española, no se llegan a realizar. Algún día serán una hermosa realidad»55. Estamos convencidos de que TeresIA supone la oportunidad de convertir en realidad el sueño que Amelia de Irazazábal expresaba.
1 VILLA, M. L., La scienza sa di non sapere, per questo funziona, Milán, Guerini e associati, 2016, p. 127.
2 SAMSÓ, J., «Traducciones científicas arabo-romances en la Península Ibérica», en Santiago, Fortuño et al. (eds.), Actes del VII Congrés de l’Associació Hispànica de Literatura Medieval, Castelló de la Plana, Universitat Jaume I, 1999, pp. 199-232. Véase también TORIBIO, P., y TUR, C., El latín en Europa, Madrid, Catarata, 2025.
3 SÁNCHEZ GONZÁLEZ DE HERRERO, M. N., y VÁZQUEZ DE BENITO, M. C., «La huella de Avicena en la medicina medieval castellana», en Gloria Clavería et al. (eds.), Historia, lengua y ciencia: una red de relaciones, Fráncfort del Meno, Peter Lang, 2013, pp. 255-273.
4 FERNÁNDEZ FERNÁNDEZ, L., «La transmisión de los textos científicos de Alfonso X: el Ms. 1197 de la BNE», Anales de Historia del Arte, n.º 51, 2010, pp. 51-68.
5 CADIÑANOS BARDECI, I., «Ordenanzas municipales y gremiales de España en la documentación del Archivo Histórico Nacional», Cuadernos de Historia del Derecho, n.º 24, 2017, pp. 253-410, p. 261. Véase también NAVARRO ESPINACH, G., «Artes y oficios medievales en la península Ibérica», eHumanista, n.º 49, 2021, pp. 1-15.
6 MANCHO DUQUE, M. J., «La divulgación técnica en la España del Quinientos: características lingüísticas», en Manuel Silva Suárez (ed.), Técnica e ingeniería en España. I. El Renacimiento, Zaragoza, Institución «Fernando el Católico» – Prensas Universitarias de Zaragoza, 2004, pp. 307-340.
7 MEDINA, P. de, Arte de navegar en que se contienen todas las reglas, declaraciones, secretos y avisos…, Valladolid, Francisco Fernández de Córdoba, 1545.
8 CARRIAZO RUIZ, J. R., «Estudio lexicológico de los prólogos originales en las traducciones romances del Arte de navegar de Pedro de Medina (1545): ensayo de lexicografía histórica románica comparada», en Claudia Sinner (ed.), Comunicación y transmisión del saber entre lenguas y culturas, Múnich, Peniope, 2013, pp. 31-44.
9 ZAMORANO, R., Compendio del arte de navegar, Sevilla, Casa de Juan León, 1591. ÁLAVA Y VIAMONT, D., El perfeto capitán instruido en la disciplina militar y nueva ciencia de la artillería, Madrid, Pedro Madrigal, 1590. ALONSO BARBA, Á., El arte de los metales, Madrid, Imprenta del Reyno, 1640.
10 MANCHO DUQUE, M. J. (dir.), Diccionario de la ciencia y de la técnica del Renacimiento (DICTER), Salamanca, Ediciones Universidad de Salamanca. Disponible en: http://dicter.usal.es/ [02-03-2026].
11 GUTIÉRREZ CUADRADO, J., «El latín, sustituido por el castellano en la universidad española (siglos XVI-II-XIX)», en Actas del I Congreso Internacional de Historia de la Lengua Española, Madrid, Arco Libros, 1988, pp. 1205-1214.
12 GARCÍA-MACHO, M. L., «Los diccionarios especializados o técnicos del Siglo de Oro», Anuario de Estudios Filológicos, n.º 37, 2014, pp. 71-89.
13 GARRIGA ESCRIBANO, C., «Las voces de la química», en Clavería, G., y Freixas, M. (eds.), El Diccionario de la Academia en el siglo XIX: la quinta edición (1817) al microscopio, Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2018, pp. 313-338.
14 SALVÁ, V., Nuevo diccionario de la lengua castellana, París, Librería de Vicente Salvá, 1847.
15 DOMÍNGUEZ, R. J., Diccionario nacional, Madrid, Establecimiento Tipográfico de R. J. Domínguez, 1846-1847.
16 GARRIGA ESCRIBANO, C., «Sobre el Diccionario académico: la 12.ª ed. (1884)», en Medina Guerra, A. M. (ed.), Estudios de lexicografía diacrónica del español: V centenario del Vocabularium ecclesiasticum de Rodrigo Fernández de Santaella, Málaga, Universidad, 2001, pp. 261-315.
17 CLAVERÍA NADAL, G., De «vacunar a dictaminar»: la lexicografía académica decimonónica y el neologismo, Madrid, Iberoamericana-Vervuert, 2016.
18 CLAVERÍA NADAL, G., «La Real Academia Española a finales del siglo XIX: el “Diccionario de la lengua castellana” de 1899 (13.ª edición)», Boletín de la Real Academia Española, LXXXIII/288, 2003, pp. 255-336.
19 GARRIGA ESCRIBANO, C., «Acerca del Diccionario General de Arquitectura e Ingeniería de Clairac», Revista de Filología Española, n.º 94/1, 2013, pp. 71-102.
20 GUTIÉRREZ RODILLA, B. (dir.), Tesoro lexicográfico médico (TeLeMe) [en línea]. Disponible en: http://teleme.usal.es [14-03-2026].
21 GUTIÉRREZ CUADRADO, J., «La lengua y las relaciones hispanoamericanas alrededor de 1900: ideología y trabajo lingüístico», en Peset, J. L. (ed.), Ciencia, vida y espacio en Iberoamérica, Madrid, CSIC, 1989, pp. 465-497.
22 PARDO, P., El «Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano» de Montaner y Simón: a propósito del léxico de la ciencia y de la técnica, Barcelona, Universitat Autònoma de Barcelona, 2012. Disponible en: http://hdl.handle.net/10803/96707 [03-03-2026].
23 PUCHE, M. Á., y NOMDEDEU, A., El léxico especializado en el español contemporáneo (1884-1936), Fráncfort del Meno, Peter Lang, 2024.
24 GARRIGA ESCRIBANO, C., y RODRÍGUEZ ORTIZ, F., «1925-1927: Del Diccionario usual y del Diccionario manual», Boletín de la Real Academia Española, LXXXVII, 2007, pp. 239-317.
25 GARRIGA ESCRIBANO, C., y PARDO, P., «El Diccionario Tecnológico Hispano-Americano, un nuevo intento de institucionalización de la lengua de la ciencia y de la técnica en español», International Journal of Lexicography, n.º 27/3, 2014, pp. 201-240.
26 GUTIÉRREZ CUADRADO, J., «Los diccionarios inacabados», en Nomdedeu, A. et al. (eds.), Avances de lexicografía hispánica I, Tarragona, Universitat Rovira i Virgili, 2012, pp. 29-60.
27 WÜSTER, E., Internationale Sprachnormung in der Technik, besonders in der Elektrotechnik (Die nationale Sprachnormung und ihre Verallgemeinerung), Düsseldorf, VDI-Verlag, 1931.
28 ROCA ROSELL, A. (ed.), Esteve Terradas Illa. Enginyeria, arquitectura i ciència al s. xx, Barcelona, La Salle, 2004. SÁNCHEZ RON, J. M., «Científicos en la Real Academia Española», Boletín de la Real Academia Española, n.º XCIII, 2013, pp. 539-581.
29 GARRIGA ESCRIBANO, C., «Esteban Terradas y su discurso de ingreso en la RAE», en Garriga, C., y Pérez Pascual, J. I. (eds.), Lengua de la ciencia e historiografía, A Coruña, Anexos de la Revista de Lexicografía, 2016, pp. 65-82.
30 GARRIGA ESCRIBANO, C., «Lengua y ciencia en la Real Academia Española: Esteban Terradas y su discurso de ingreso», XV Congreso Internacional de la Sociedad Española de Historiografía Lingüística, 2026 (en prensa).
31 GARRIGA ESCRIBANO, C., «La lengua y el tecnicismo en el siglo xx», en Silva Suárez, M. (ed.), Técnica e ingeniería en España: trazas y reflejos culturales externos (1898-1973), Zaragoza, Real Academia de Ingeniería, 2019, pp. 109-170.
32 ALONSO, D., «Para evitar la diversificación de nuestra lengua», en Presente y futuro de la lengua española, OFINES, vol. II, 1964, pp. 259-268.
33 En esta línea, en la ponencia leída en la sesión inaugural de la primera reunión de Academias de la Lengua Española sobre el lenguaje y los medios de comunicación (octubre de 1985), dijo R. Lapesa: «Creo imprescindible y urgente una política panhispánica que coordine los esfuerzos, hasta ahora dispersos, por catalogar voces técnicas y proponer sustitución a los extranjerismos evitables o incómodos; pero que no se limite a esto, sino que se oriente a seleccionar un solo término cuando contiendan o estén distribuidos geográficamente dos o más sinónimos». LAPESA, R., «Necesidad de una política hispánica sobre neologismos científicos», en El español moderno y contemporáneo. Estudios lingüísticos, Barcelona, Crítica, 1996, pp. 211-220.
34 IRAZAZÁBAL NERPELL, A. de, «Necesidad de la planificación de la terminología en España», Unión Latina-IULA, La terminología en España, número especial de Terminómetro, 1996, pp. 10-11.
35 REAL ACADEMIA DE CIENCIAS EXACTAS, FÍSICAS Y NATURALES, Vocabulario Científico y Técnico, Madrid, RACEFN, 1983. Consulta en línea del diccionario con sus ampliaciones posteriores en: https://vctrac.es/index.php?title=P%C3%A1gina_principal
36 CABRÉ CASTELLVÍ, M. T., «La terminología en España: panorama general», Unión Latina-IULA, La terminología en España, número especial de Terminómetro, 1996, pp. 6-9, p. 7.
37 GARCÍA PALACIOS, J., «La terminología en las universidades castellanohablantes», en Unión Latina-IULA, La terminología en España, número especial de Terminómetro, 1996, p. 18.
38 IRAZAZÁBAL, op. cit., p. 10.
39 CABRÉ CASTELLVÍ, M. T., «Organizar la terminología del español en su conjunto: ¿realidad o utopía?», IV Congreso Internacional de la Lengua Española (Cartagena de Indias, marzo de 2007). Disponible en: https://congresosdelalengua.es/cartagena/paneles-ponencias/ciencia-tecnica-diplomacia/cabre-mt.htm [12-03-2026].
40 IRAZAZÁBAL, op. cit., p. 11.
41 LARA, L. F., «Aquí y en China: lexicología, terminología y la civilización contemporánea», en Colín, M., y Ehnis, E., Avances en lexicografía, terminología y traducción, Ciudad de México, ENALT-UNAM, 2017, pp. 27-38, p. 37.
42 AGUADO DE CEA, G., «AETER y Terminesp», en González, L., y Hernúñez, P. (coords.), El español, lengua de traducción para la cooperación y el diálogo. Actas del IV Congreso «El Español, Lengua de Traducción», 8 a 10 de mayo de 2008, Toledo (España), Bruselas, ESLEtRA, 2010, pp. 261-265.
43 GARCÍA PALACIOS, J., «Terminología y colaboración», Puntoycoma, n.º 170, abril-mayo-junio de 2021, pp. 32-36. Disponible en: https://op.europa.eu/webpub/dgt/puntoycoma/documents/pyc_170_es.pdf [13-03-2026].
44 Enunciado de uno de los objetivos fundamentales del primer bloque de propuestas para la actuación en torno a la terminología y los corpus que se formularon tras los debates y aportación de expertos, reunidos en 2020 por el entonces Ministerio de Ciencia e Innovación a través de la FECYT y del Instituto Cervantes, promotores de la iniciativa ALESCYT (Alianza por el Español para la Ciencia y la Tecnología). Su fin último era que especialistas de distintos ámbitos llegasen a un diagnóstico sobre la situación del español en la ciencia, con la consecuente elaboración de una serie de propuestas para la actuación.
45 La aplicación creada para gestionar el protocolo de validación y sanción recibe el nombre de TermonIA. Sus características y prestaciones se explican en el capítulo 11 de este mismo libro. Los aspectos caracterizadores de ese protocolo pueden verse en el capítulo 10.
46 ROUSSEAU, L.-J., «Terminologie et aménagement des langues», Langages, n.º 157, 2005, pp. 94-103.
47 AUGER, P., «La problématique de l’aménagement terminologique à Québec», en Rousseau, J.-L. (ed.), Actes du quatrième colloque OLF-STQ de terminologie. Aménagement de la terminologie: diffusion et implantation, Quebec, OLF, 1983; reed. en Langues et Linguistique, n.º 33, 2010, pp. 21-28.
48 QUILLOT, E., «Le dispositif d’enrichissement de la langue française: la normalisation linguistique en réseau», en Núñez Singala, M. (ed.), Terminoloxía e normalización, Santiago de Compostela, Universidade de Santiago de Compostela, 2018, pp. 29-38.
49 HAMEL, R. E., «The dominance of English in the international scientific periodical literature and the future of language use in science», AILA Review, n.º 20, 2007, pp. 53-71. MUÑOZ MARTÍN, F. J., y VALDIVIESO, M., «La importación lingüística en una relación asimétrica. Español e inglés, dos socios desiguales», en González, L., y Hernúñez, P. (coords.), Traducción: contacto y contagio, Madrid, ESLEtRA, 2008, pp. 467-513. GARCÍA PALACIOS, J., «Neología y traducción especializada: ¿un mismo espacio de actuación?», en Alves, I. M., y Simões Pereira, E. (eds.), Neologia das Línguas Românicas, São Paulo, Humanitas, 2015, pp. 343-366.
50 LOUBIER, C., Langues au pouvoir (politique et symbolique), París, L’Harmattan, 2008.
51 LARA, L. F., «Plain language y cultura en el siglo XXI», en González, L. y Hernúñez P. (coords.), op. cit., pp. 27-34.
52 CABRÉ CASTELLVÍ, M. T., La terminología: representación y comunicación, Barcelona, IULA, 1999.
53 OLF, «Enoncé d’une politique relative à l’emprunt de formes linguistiques étrangères», Terminogramme, n.os 7/8, 1981, pp. 3-5. OQLF, Politique de l’emprunt linguistique, Quebec, Office Québécois de la Langue Française, 2007.
54 Véanse los capítulos 10 y 11 de este libro.
55 IRAZAZÁBAL, op. cit., p. 11.